Subí a las níveas cúspides
Pues allí te sabía
En la soledad suprema
Acompasando el equilibrio
Sustentando las cristalinas gotas
Que mi sed necesitaba.
Aguardé a la complicidad del candor
Intuyendo la infinita paciencia
Cual partícipe ineludible
Hasta convertir tu pétrea dureza
En manantial indomable
Vertiendo mil fuegos sobre mi estoicismo.
Allá vinimos a conseguirnos
Dos niños rendidos al otro
La una savia impertérrita que nutre el alma
El otro, cazador solitario tras tu carmesí
En común unas entrañas rojizas
Vehementes, conferidas e impolutas.
Una muesca indeleble
Bajo mi piel removida
Tú, diosa naturaleza que me constriñes
Y me haces sentir diminuto
Ser pequeño, apenas un sorbo de tu idolatría.
©Santiago Pablo Romero.Bluesman.
Imagen: Manuel Delgado Fortunato & JacqPaRO.
