El barco de cristal.

Él dispuso su llegada con todos los ornamentos de una estrella del rock. Hizo llegar flores a su llegada al aeropuerto, limusina incluida, con todos los ingredientes, su Dom Pérignon, paseo por la ciudad, por su barrio. Saluda, saluda, a tus amigas. Dales envidia, sana, son tus amigas. Disfruta de todos estos lujos. Porque tú te lo mereces. Yo me lo merezco. Nosotros nos lo merecemos.
Ella alucinaba, volaba subida en una nube. No se atrevía a preguntar. Las preguntas entrechocaban, como en un bullicio, intentando salir de su cabeza. Pero disfrutaba cada sorbo de aquel instante, de aquellos momentos.
Pasado largo rato de todo, llegaron a un hotel, todo brillos. Los empleados agasajándolos con todos los detalles que puedan imaginarse en un hotel de esos que no tienen letrero bastante para colgar tantas estrellas. De esos que dan asco saber el despilfarro que se hace. Pero este no era el momento. Este era un momento para disfrutar del vuelo, del viaje que se estaban dando.
Llegó el momento de decirle el por qué. Por qué es muy fácil. Porque te lo mereces. Porque me lo merezco. Porque nuestro amor se lo merece. Y para probar una sensación en nuestros cuerpos tan prohibitiva para nuestros bolsillos como sería darnos un chute de tantas mierdas de drogas que hay. Pero es un viaje en el que podemos erizar cada uno de nuestros pliegues de piel, sentir cada sensación, buena o mala, en nuestros cuerpos. Y como mucho dejarnos un poco de resaca.

Se fundieron en un ardiente beso, retozando sobre lujosas sábanas a la luz de los mil y un brillos que les rodeaba. A ellos les daba igual todo. Era el momento de disfrutar del viaje.
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