El límite del deseo.


Noooo. A Ella la dejáis malnacidos. Juro por lo más sagrado que si la tocáis, si le hacéis algo sois hombres muertos. En su desesperación, en su impotencia, incluso les amenazó con el juez, pero a ellos le iba resultando el plan.

Tú te callas, aquí eres una simple invitada. En un primer momento intentó sublevarse, pero antes de darse cuenta recibió otro manotazo que la desparramó en el suelo.
De donde no parecía haber casi vida, surgió un grito aterrador. El Anarquista gritó, juro que os mataré malditos. Se irguió de la silla, amarrado como estaba, e intentó arremeter contra el que había golpeado a Ella. No pudo llegar a dos palmos, sintió como le ahogaba la soga que tenían rodeándole el cuello. La presión sobre el mismo le dejó sin aliento, cayendo de espaldas con silla y todo.
Cogieron un cubo de agua y se lo estamparon encima. Te vas a despabilar y vas a colaborar, a que sí, verdad que sí, le decían riéndose. Ja,ja,ja…
El juez despertó, como de un mal sueño, del duermevela reparador que siempre se echaba al llegar a casa. Sobresaltado de haber dormido tanto y no haber sido despertado por Ella. La llamó, la buscó por toda la casa. La sirvienta apareció, asustada no sabía que responder. Ella ha ido a buscar al Anarquista, a los calabozos, señor, le respondió a sus insistencias. Pero cómo, por qué, qué está pasando, bueno ahora mismo voy hacía allí, esto lo aclararemos después Sirvienta. Sí señor, susurró…
…Entre tanto el Maestro del Deseo, imploraba un conjuro para darles fuerzas, tenían que aguantar para poner al destino de su parte…

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