miércoles, 17 de marzo de 2010

La Isla.

La Isla.

Ruidos antes de comenzar todo, normal, es un sitio de esparcimiento. Aquí se viene a desfogar los amarres del día. Para tranquilidad, para silencio ya está el patio de los callados. Allí todos se callan, allí todos se escuchan.
La fiesta empezó con una larga presentación que distaba mucho de ser eso, una presentación. Para casi tomar el protagonismo de la velada.
Bueno, allí comenzó la desgarradora voz. Rota por el tabaco y el whisky. Desgranando palabra a palabra, frase a frase. Su forma de contar la visión de la vida.

La cortina formada por el murmullo fue apagándose. La voz desgarradora, emocionada, iba tomando posición. Como si de la formación volcánica de una roca en medio de la inmensidad. Una isla entre tanta agua.

Parecía ganada la batalla del nacimiento. Habría sido dado a luz, en perfecto estado. Pero no, allí comenzó a nacer un grano volcánico. Una ínsula independiente. Sin respetar el entorno, acallado por el rugir de la fiera. Confundido por el rumor de las olas, provenientes de la gruta de los sonidos, que no dejaban de manar.

Pero el grano volcánico, impertérrito como si aquella amalgama de palabras, aquel torrente barredor con la suciedad sonora del sitio, no fuera con él. Se irguió, con voz trémula al principio, pero confiada en sus razones. Subió el torrente para tomar posesión de su espacio en aquel océano poblado por una sola isla, una sola roca, fuerte, segura pero una. Y ella dijo, no. Aquí voy a joderos, voy a contar mis problemas, haré lo que me venga en ganas, pues mis hijos son mis hijos, y no me importa qué estarán haciendo ahora a las once de la noche, pero yo tengo derecho a salir y tomarme una copa, o no. Seguía sólida en sus conjeturas. Nadie le tosía, unos por respeto, otros por dejadez, y otros por miedo al zarpazo, de una bestia herida.

Ciertamente la velada continuó con la gruta al fondo, donde el poeta desnudaba sus mejores versos, para dedicarlos a su amada. Mientras en la otra punta del océano, el grano intruso seguía buscando quien le escuchara.
Los ojos y oídos de los asistentes al espectáculo, simplemente susurraban, como olas en aquel océano. Ninguna ola se atrevió a barrer con su furia, aquel grano, en una noche donde los sonidos predominantes fueron el silencio.

El grano no consiguió deslucir la gloria del poeta, roca, isla, en aquel océano. Pero dejó señal de su triste existencia.

3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, la parte final me toca las fibras... Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. es el instante del culmen
    donde o te aferras o te vas
    y entonces estás perdido...
    Gracias Dany...saludos.

    ResponderEliminar
  3. Sencillamente sublime, letras que llegan y se quedan, gracias poeta por compartir tanta belleza.

    ResponderEliminar